Primera Guerra Mundial

La Primera Guerra provocó, entre otros hechos, el afianzamiento de Estados Unidos como potencia mundial y la desaparición de los imperios Austro-Húngaro y Otomano.
A comienzos del siglo XX, el mapa político mundial se encontraba casi completamente dominado por los imperios. En Asia existían el Imperio Chino y el Imperio Otomano, mientras que en Europa estaban el español, portugués y holandés, que se remontaban al siglo XVI, y el británico, francés, austriaco, alemán e italiano, que habían alcanzado su apogeo a mediados del siglo XIX.
La Primera Guerra Mundial, que estalló en el año 1914, puso fin a un período de paz que se había extendido por casi medio siglo, tiempo durante el cual Europa había logrado gran poder y riqueza, convirtiéndose en el centro del mundo. Sin embargo, este conflicto cambiaría el escenario mundial al trasladar la supremacía a dos nuevas superpotencias: Estados Unidos y Rusia.

El inicio del conflicto

La Primera Guerra Mundial fue el resultado de una suma de causas. Si bien durante el siglo XIX el nacionalismo se había convertido en el impulsor del desarrollo de países como Italia y Alemania, a la vez había generado una fuerte competencia entre las naciones. Francia no podía olvidar la guerra contra Alemania (1870-1871), que le significó la pérdida de territorios como Alsacia y Lorena. Y Alemania, por su parte, quería ocupar ya no solo un lugar destacado dentro del panorama europeo, sino también convertirse en una gran potencia naval, lo que provocó descontento e inquietud en Inglaterra.
El nacionalismo, por otro lado, empezó a ser cada vez más fuerte entre los pueblos de Europa centrooriental: polacos, checos, eslovacos, croatas y eslovenos, sometidos a grandes imperios, como el de Rusia y el Austro-Húngaro.
La competencia que se suscitó entre los Estados se tradujo en una feroz carrera armamentista, en la que las naciones luchaban por mejorar e incrementar su potencial bélico.
Con el fin de aumentar la seguridad de sus naciones, los gobiernos buscaron el apoyo de otros Estados, y Europa quedó así dividida en dos grandes bloques: la Triple Alianza y la Triple Entente. La Triple Alianza estaba compuesta por las tres potencias de Europa central, es decir, Alemania, Austria-Hungría y el Imperio Otomano. La Triple Entente la formaban Francia, Rusia e Inglaterra, más Bélgica, Serbia, Montenegro y Japón.
Tras la paulatina disolución del Imperio Otomano, Austria-Hungría y Rusia se disputaron el predominio en la península de los Balcanes (sureste de Europa). Esta zona en sí tenía escaso valor económico, pero era considerada hacía mucho tiempo como la frontera entre los intereses de los tres grandes imperios. Históricamente, las potencias europeas lograban acuerdos cuando algún hecho amenazaba con dividirlas. Una de las crisis por los Balcanes fue resuelta en 1870 por el Congreso de Berlín, presidido por el canciller alemán Otto von Bismarck. En 1912 resurgió el problema por esta península y las potencias se reunieron en Londres para tratar de buscar una solución común. No obstante, hubo dos factores que se opusieron a esta modalidad de resolver los problemas: por un lado, la formación de bloques (Triple Alianza y Triple Entente), y por otro, la creciente debilidad interna de dos de los imperios, Rusia y Austria-Hungría, cuyos intereses resultaban muy afectados por el tema de los Balcanes.
Como ya dijimos, estos dos imperios peleaban por extender su dominio sobre los Estados que conformaban los Balcanes. Uno de estos estados era Serbia, que quiso agrupar dentro de sus fronteras a todos los eslavos del sur, y como en Austria -vecina a Serbia- vivían numerosos serbios, las relaciones entre los dos Estados comenzaron a tornarse hostiles.

 

 

 


Última actualización: Mayo 2012
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